
La vajilla personal de la Sra. Thômas
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Cuenta la historia que, en su pequeño atelier escondido entre los bosques de la campiña, la señora Thômas —una refinada coneja de mirada serena y manos siempre ocupadas en labores delicadas— decidió un día crear algo muy especial para sus invitados. Desanimada de la monotonía de las vajillas ordinarias, soñaba con piezas que no solo sirvieran para llevar sus postres a la mesa, sino que fueran testigos silenciosos de conversaciones memorables, risas compartidas y confidencias al calor de la hora del té.
Inspirada por las reuniones que solía ofrecer en su salón principal, con manteles de lino bordado y luz de velas que se reflejaba en los cristales, la Sra. Thômas comenzó a dibujarse en un cuaderno de tapas gastadas. Quería un diseño que contara su historia y la de su gran amigo, el señor Hêrmann, un elegante alce de porte majestuoso que siempre vestía impecablemente para asistir a la hora del té ofrecido por la señora Thômas. Así, sobre el blanco puro de un plato, imaginó su propio retrato —con sus guantes tejidos y su suéter de lana— y, en otra pieza, la figura del Sr. Hêrmann con su inconfundible traje sastre a la medida.
Pero no serían platos comunes: ella eligió imitar la estética del peltre antiguo, evocando las vajillas de los hogares de antaño, pero con una diferencia esencial: estarían fabricados con materiales seguros para el consumo animal y humano, combinando nostalgia y modernidad. De esta manera, cada invitado que se sentaba a su mesa no solo degustaba un banquete, sino que participaba de una experiencia estética, casi teatral, en la que la vajilla formaba parte de la conversación.
Con el tiempo, estas piezas se convirtieron en un símbolo de la hospitalidad Hêrmann-Thômas. Cada plato parecía guardar un secreto: la historia de un brindis, de una receta heredada, de un encuentro inesperado. Hoy, reproducidos fielmente para que cualquiera pueda llevarlos a su propia mesa, siguen transmitiendo el mismo encanto vintage que la Sra. Thômas soñó aquella primera noche de bosque y velas.
Porque en Hêrmann-Thômas creemos que un plato puede ser mucho más que un objeto: puede ser un fragmento de historia, una declaración de estilo y un puente entre el pasado y el presente.